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Un artículo de Pepe Rodrigo, CEO de Grupo Ceremón.
Europa exige a la industria alimentaria, una vez más, revisar sus procesos. El nuevo reglamento establece que, el 1 de enero de 2029, los Estados miembros deberán garantizar una recogida separada del 90% de determinadas botellas de plástico y recipientes metálicos de bebidas.
Aunque parte de estas nuevas obligaciones se materializarán en el ámbito del consumidor y de los sistemas de recogida, afectan especialmente al proceso de fabricación: las líneas de producción, los almacenes, la logística interna, las instalaciones y, en definitiva, el propio diseño de las fábricas. Esto pone sobre la mesa una realidad que va mucho más allá del packaging: las fábricas necesitan ganar capacidad de adaptación.
¿Significa esto que las empresas agroalimentarias tendrán que rediseñar sus plantas industriales? No necesariamente. El impacto será diferente en cada caso. Cada industria tiene sus propios productos, líneas, espacios, ritmos de producción y condicionantes. Lo que sí parece evidente es que todas tendrán que afrontar el cambio con una misma premisa: la anticipación.
Modificar un envase puede parecer una decisión concreta y limitada. Sin embargo, un cambio en sus dimensiones, materiales o forma de manipulación provoca consecuencias en cadena: afecta a una línea de envasado, a los sistemas de paletización, a los almacenes, a los recorridos internos o incluso a instalaciones.
Lo relevante para nuestro sector es que hoy es el embalaje, ayer fueron las emisiones y mañana puede ser la trazabilidad del producto. Por eso, el verdadero reto no es únicamente adaptar una máquina o incorporar un nuevo formato, sino entender cómo cada decisión encaja y repercute en el conjunto. Porque una fábrica no es una nave vacía: es un espacio vivo en el que conviven diariamente trabajadores, maquinaria, circuitos higiénicos, auditorías y expediciones con objetivos de producción que no pueden detenerse.
Durante años, el proceso de construcción se ha basado, en buena medida, en diseñar, ejecutar y resolver durante la obra las necesidades que iban apareciendo. Sin embargo, la tecnología permite hoy trasladar buena parte de las decisiones al momento anterior a la obra permitiendo planificar, simular y evaluar antes de ejecutar.
En Grupo Ceremón la implantación de modelos digitales nos permite estudiar distintas alternativas antes de colocar la primera piedra o intervenir sobre una planta existente. Analizamos distribuciones, recorridos e interferencias, para comprobar el encaje de una nueva línea, valorar las instalaciones necesarias y la afectación al funcionamiento global de la fábrica.
Esta capacidad de anticipación resulta especialmente relevante cuando una industria se prepara para cambios que todavía no se han materializado por completo. La nueva normativa europea sobre envases es ya un buen ejemplo: muchas empresas están aplicando este enfoque para adelantarse a sus exigencias y evitar que la adaptación llegue cuando las decisiones de inversión ya estén tomadas.
En los últimos meses numerosas compañías han comenzado a trabajar con sus proveedores de envases y maquinaria para analizar qué materiales y formatos podrán utilizar en los próximos años. Antes de acometer nuevas inversiones, necesitan conocer qué implicaciones tendrán estas alternativas sobre sus instalaciones y procesos productivos, evaluar distintos escenarios y tomar decisiones con margen.
La planificación deja de ser una fase previa a la obra para convertirse en una herramienta estratégica por tres razones. En primer lugar, porque un buen diagnóstico puede revelar que una determinada ampliación no es necesaria porque el espacio existente puede aprovecharse mejor o que una nueva línea requerirá potencia eléctrica adicional, ventilación, refuerzos estructurales o nuevas condiciones de protección contra incendios.
Por otra parte, permite ordenar las actuaciones en el tiempo. Un plan director con intervenciones por fases puede hacer posible que determinadas inversiones se incorporen a reformas ya previstas o se ejecuten durante paradas programadas, reduciendo interferencias sobre la producción.
Y finalmente, porque el coste de transformar una planta no depende únicamente de la obra que finalmente se ejecute ya que, a menudo, lo que encarece un proyecto es descubrir demasiado tarde que falta espacio, que una instalación no tiene capacidad suficiente o que una actuación aparentemente sencilla afecta a otras zonas de la fábrica.
La industria alimentaria va a seguir evolucionando: cambiarán los materiales, los formatos, las tecnologías, los procesos y las exigencias regulatorias. Una fábrica diseñada únicamente para responder a las necesidades de hoy tendrá más dificultades para incorporar las de mañana en un mercado global en el que la oferta a menudo proviene de países con menor presión regulatoria.
Por eso, la verdadera ventaja competitiva de anticiparse reside en tener una rápida capacidad de respuesta. La fábrica del futuro no será la más grande ni la más automatizada sino la que tenga mayor capacidad de adaptación. Y para conseguirlo, habrá que empezar a construirla mucho antes de empezar la obra.